Paciencia al Volante

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Conducir siempre ha sido parte de mi vida, pero no siempre de la misma manera. Hace años, cuando manejaba solo de forma particular, lo hacía con prisa, con poca paciencia y, muchas veces, reaccionando desde el enojo. El tráfico me desesperaba, los errores ajenos me irritaban y sentía que todo el mundo estorbaba.Hoy conduzco por trabajo, y aunque parezca contradictorio, ha sido justamente este oficio el que me ha enseñado algo que antes no tenía paciencia. La paciencia se aprende en la marcha. En los trancones interminables, en los días buenos y en los días difíciles, en las frustraciones que no siempre se pueden evitar. Pero, sobre todo, se aprende escuchando. Escuchando a las personas que se suben al carro con sus historias, sus cargas, sus silencios y sus palabras. Conducir dejó de ser solo manejar un vehículo. Se volvió un espacio de aprendizaje, de tolerancia y de crecimiento personal. Entendí que no todos los días son iguales, que no todas las personas vienen del mismo lugar emocional y que bajar la velocidad no solo del carro, sino de la vida también es avanzar.Hoy reconozco que este trabajo me ha transformado. Me hizo más paciente, más consciente y más humana. Y eso, definitivamente, no lo aprendí en ninguna otra parte que no fuera detrás del volante.

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