Cuando uno empieza a manejar en apps, cree que todo va a ser sencillo: prender la aplicación, aceptar viajes y hacer plata. Al menos eso pensaba yo. La verdad es que los primeros días son una mezcla rara entre emoción, nervios y muchas dudas que nadie te explica del todo.
Al inicio uno se confía. Acepta cualquier viaje, a cualquier hora y a cualquier lugar. No mira bien la zona, no calcula el tiempo ni el tráfico, solo piensa en completar viajes. Con el tiempo entendí que no todos los viajes valen la pena y que decir “no” también hace parte del trabajo.
Otra cosa que nadie te dice es que el cuerpo lo siente. Pasar tantas horas sentado, comiendo a deshoras y durmiendo poco pasa factura. Yo aprendí a hacer pausas, estirarme, tomar agua y parar aunque sea cinco minutos. Parece poca cosa, pero ayuda más de lo que uno cree.
También está el tema de los pasajeros. Hay gente muy buena onda, pero también hay quienes llegan con afán, mal genio o problemas que no tienen nada que ver con uno. Al comienzo me lo tomaba personal, hasta que entendí que no todo es contra mí. Hacer el viaje tranquilo y seguir adelante es clave para no cargarse de mala energía.
Y algo importante: al principio uno cree que se va a volver experto en una semana. La realidad es que manejar en apps es aprender todos los días. Cada ciudad, cada horario y cada zona es diferente. Con el tiempo uno va agarrando maña, conoce sus rutas, sus horas buenas y sus límites.
Si estás empezando, no te afanes. Todos arrancamos perdidos, cometiendo errores y aprendiendo sobre la marcha. Lo importante es escuchar, observar y no dejar de cuidarse. Al final, ser chofer no es solo manejar un carro, también es aprender a manejarse a uno mismo.