
Hace muchos años, cuando mi bici era de puro acero pesado con llantas mal infladas y mucho, demasiado sol, me encontré con un reto para repartir en bicicleta que resultó ser más que desafiante.
Por: Bruno Platas.
Tenía buena condición, estaba con el bloqueador y mis mangas largas dizque para mantenerme a salvo de los rayos dañinos del sol. Prendo la app mientras llego a mi zonita comercial favorita de las lomas y bam, un pedido pequeñito y fácil de sacar. Pienso “¡Si me apuro chance y saco $50 pesos antes de 1 hora!” Mi pequeño logro. Y la neta para darle en bici eso se me hacía un buen de lana.
El pedido: un litro de cochinita pibil y un litro de agua de jamaica.
Chingale, esas aguas de jamaica son re traidoras, pero al menos tengo unos truquitos para salvar esas aguas locas, como las de traer unas toallas gruesas en la mochila para mantener abrazado el vaso y de ahí que no ande tambaleándose tan recio en las subidas, baches y adoquines de por acá.
El pedal fue que al recibir el pedido, me pongo a ver la dirección de entrega: a 6km de distancia. Me digo “No hay pedo, pero ¿cómo llego allá?”
Sólo había una forma de cruzar… por el bendito periférico. Y ya, no hay otra manera. Y ni con buena propina me iría a rifar el tiro de arriesgar el pellejo por un puñado de monedas, si bien me iba, porque luego la banda no perdona si la comida llega un poco tibia.
Me asomé. Di varias vueltas mentales. Busqué el ángulo que no existía. Se me regó el agua de jamaica. Al final le tuve que pedir perdón al usuario porque la neta no iba a poder llegar con su pedido. El usuario, lo entendió y me pidió que lo cancelara. En ese entonces no sabía cómo hacerlo, y entre la vergüenza de no entregar y la méndiga ansiedad, apagué el celular.
Y ahí me encontré sentado en la banca de un parque viendo el atardecer con el litro de cochinita que compartí con un vagabundo amistoso.
Estuvo sabroso.
Me bloquearon la cuenta.