Durante mucho tiempo, al terminar mi jornada solo miraba una cosa: cuánto dinero había hecho. Si el número se veía bien, sentía que había sido un buen día. Pero después empecé a fijarme en otra cosa que también decía mucho sobre mi trabajo: el tanque de gasolina.
Ahí fue cuando entendí que no basta con mirar lo que entra. También hay que mirar cuánto cuesta producirlo.
Hay días en los que uno siente que trabajó bastante, hizo varios viajes y estuvo muchas horas conectado. Pero cuando toca tanquear, empieza a aparecer una parte de la historia que uno a veces no quiere mirar. Tiempo rodando sin pasajeros, vueltas innecesarias, tráfico y kilómetros que no generaron ningún ingreso.
No digo que uno tenga que estar pendiente de cada gota de gasolina, pero sí creo que vale la pena conocer cómo se comporta el carro durante una jornada. Yo, por ejemplo, empecé a notar que algunos días recorría muchos más kilómetros para ganar prácticamente lo mismo.
También aprendí que no todos los viajes empiezan cuando recogemos al pasajero. A veces el recorrido hasta llegar al punto de recogida o los kilómetros después de dejarlo también hacen parte de la cuenta. Y esos trayectos, aunque no siempre los vemos como un “viaje”, igual consumen gasolina.
Desde entonces trato de ponerle más atención a mis recorridos. No se trata de obsesionarse ni de dejar de trabajar, sino de entender qué está pasando durante el día. ¿Estoy pasando mucho tiempo buscando servicios? ¿Estoy haciendo demasiados kilómetros entre viajes? ¿Hay zonas donde termino rodando más de la cuenta?
Son preguntas simples, pero ayudan a ver la jornada de otra manera.
Hoy sigo mirando cuánto gano, claro, pero también presto atención a cuánto tuve que mover el carro para conseguirlo. Porque al final, el dinero que entra cuenta una parte de la historia, pero el tanque de gasolina muchas veces cuenta la otra.
Y entre las dos, uno puede entender mucho mejor si realmente tuvo una buena jornada al volante.