Cómo aprendí a dejar de perseguir los viajes largos.

Cuando empecé a manejar en aplicaciones, tenía una idea muy clara: si me salía un viaje largo, había que aceptarlo. Sentía que un recorrido de 30 o 40 minutos era mucho mejor que hacer varios viajes cortos. Al final, pensaba, estaba ganando más de una sola vez.

Había viajes largos que sonaban muy bien por el precio, pero cuando terminaba el servicio me daba cuenta de todo lo que había gastado en gasolina, el tiempo que había pasado en el tráfico y, sobre todo, lo difícil que era conseguir otro viaje en la zona donde había terminado.

Ahí entendí que no debía mirar solamente cuánto pagaba un servicio. También tenía que pensar en qué pasaba después de dejar al pasajero.

Empecé a fijarme más en las zonas. Si un viaje largo me dejaba en un lugar donde normalmente había movimiento, podía valer la pena. Pero si sabía que probablemente tendría que regresar vacío, prefería pensarlo dos veces.

También descubrí que los viajes cortos no necesariamente son malos. Cuando salen uno detrás de otro, pueden hacer que la jornada avance bastante rápido. Además, uno pasa menos tiempo recorriendo grandes distancias sin pasajero.

Hoy ya no persigo los viajes largos como antes. Si aparece uno bueno, lo tomo, pero no siento que tengo que aceptar todos. Miro el precio, la distancia, el tráfico y hacia dónde voy. Trato de pensar en el viaje completo y no solamente en lo que voy a recibir por llevar al pasajero.

Al final, aprendí que hacer más kilómetros no siempre significa ganar más. A veces un viaje corto, bien ubicado y seguido de otro, puede terminar siendo mucho mejor negocio.

Creo que esa es una de las cosas que uno aprende con la experiencia: no se trata de buscar el viaje más grande, sino el que mejor encaja con tu jornada.

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