Cuando empecé a manejar en apps, mi regla era simple: si sonaba el viaje, lo aceptaba. No miraba mucho el precio, ni los kilómetros, ni para dónde iba. Yo solo pensaba en sumar servicios y no dejar el carro quieto. Con el tiempo entendí algo que hoy tengo clarísimo: no todo viaje suma, algunos restan.
Al principio me emocionaba cuando veía un trayecto largo. Pensaba: “bien, más kilómetros, más plata”. Pero después de varios días terminé haciendo cuentas. Entre gasolina, tiempo en trancón y el desgaste del carro, no siempre quedaba lo que yo imaginaba. A veces trabajaba casi una hora para ganar lo mismo que en dos viajes cortos bien pagos.
Ahí fue cuando empecé a leer mejor antes de aceptar. Ahora lo primero que miro es la relación entre precio y distancia. No hago fórmulas complicadas, pero sí me pregunto: ¿vale lo que voy a rodar? Si siento que es mucho trayecto para lo que paga, lo dejo pasar. Al comienzo cuesta, porque uno siente que está “perdiendo” el viaje, pero en realidad está evitando perder tiempo.
También reviso hacia dónde termina el servicio. No es lo mismo que me deje en una zona donde sé que hay movimiento, a que me mande a un lugar donde voy a quedar varado esperando otro viaje. Muchas veces el problema no es el precio del trayecto, sino el regreso vacío.
Otra cosa que aprendí es no dejarme llevar por el impulso. Cuando uno está quieto mucho rato, acepta lo que sea por desesperación. Pero esos viajes suelen ser los que menos rinden. A veces esperar cinco o diez minutos más hace que salga algo mejor.
Hoy trabajo más tranquilo. No hago tantos viajes como al principio, pero siento que me rinde más el día. Leer el precio antes de aceptar no es ser exigente, es ser estratégico. Al final, no se trata de hacer más servicios, sino de hacer los que realmente valen la pena.
Y ustedes, ¿qué miran primero antes de aceptar un viaje?