Eran las 7:30 de la noche y estaba tomando, quizá, mi servicio número quince o dieciséis del día. Ya llevaba varias horas conduciendo y el cansancio empezaba a sentirse, aunque seguía atenta, como siempre.
Al llegar al punto de recogida, tuve que estacionar un poco más adelante. Donde habían solicitado el servicio había muchos carros parqueados y no era posible detenerme ahí. Miré por el retrovisor y vi que era una chica. Abrí las puertas y comenzaron a subir las personas: una adelante, tres atrás. Entre murmullos noté que se iba a subir una quinta persona.
Con calma y respeto, volteé y les dije que no podía llevarlos a todos. No era un capricho, era simplemente cumplir las normas de tránsito en Bogotá y cuidar mi trabajo. La chica, un poco molesta, respondió algo como:
“Está bien, me voy en una moto”.
Cuando ya iba a arrancar, la aplicación generó un PIN de seguridad. Yo debía pedirlo para continuar el servicio. En medio de los murmullos, escuché a lo lejos una frase que me heló un poco:
“Tranquilos, váyanse en el carro que yo la voy a reportar”.
Aun así, yo iba a hacer el servicio. Pero el PIN lo tenía la persona que se había bajado. Bajé la ventana y le dije con respeto:
¿Me haces un favor? ¿Me regalas el PIN?
Ella volvió a decir que igual me iba a reportar. En ese momento sentí que no era justo continuar. Yo no había sido grosera, no había faltado al respeto, solo estaba cumpliendo las reglas. Le dije que no podía hacer el servicio en esas condiciones.
Acto seguido, las personas que estaban dentro del carro se bajaron muy molestas. La chica empezó a gritar, diciendo que iba a llamar a la policía. En ese instante me sentí muy frustrada. En Colombia, las condiciones para quienes trabajamos en aplicaciones de conducción no siempre son claras ni justas, y ese miedo aparece rápido.
Después de varios intentos, logré cancelar el servicio. A ella le cobraron la cancelación, que era lo que más la enfadaba. No pasó a mayores, no llegó la policía y pude irme. Pero unas cuadras más adelante, el cuerpo me pasó la cuenta.
Me sentí frustrada.
Me sentí amenazada.
Me sentí intimidada.
Me orillé, me parqué y lloré.
Estas son cosas que como conductores nos pasan más seguido de lo que se cree. Momentos que generan ansiedad, que dejan una marca y que hacen que uno se pregunte qué traerá el próximo usuario. Conducir no siempre es solo manejar: también es sostener emociones, miedos y situaciones que nadie ve, pero que pesan.
Ese día fue un día fuerte detrás del volante.