Mi día empieza sabiendo que no hay un día igual a otro.
Trabajo alrededor de diez horas conduciendo y, en ese tiempo, recojo entre veinte y veintitrés personas. Cada una trae su propio ritmo, su historia y su energía. Hay trayectos largos que desgastan, otros cortos que pasan rápido, y algunos que sin saber por qué se quedan dando vueltas en la cabeza.
En la vía todo cambia constantemente. Hay días en los que el tráfico pesa, en los que el tiempo se estira y la paciencia se pone a prueba. Otros días, simplemente todo fluye. Hay momentos que enseñan, otros que frustran, y algunos que pasan sin dejar huella, pero que igual hacen parte del recorrido.
Con el paso del tiempo he aprendido que conducir también es habitar esos contrastes. La motivación aparece cuando menos se espera, pero la desmotivación también se sienta a veces en el asiento de atrás. Ambas conviven en la jornada, y ninguna invalida a la otra. Son parte del día, parte del trabajo y parte de lo que significa estar tantas horas en la calle.
Todos los días sucede algo, aunque no siempre se note de inmediato. Todos los días se aprende, incluso cuando parece que nada pasó. Y aunque algunos trayectos se olviden rápido, el conjunto de todos ellos va formando algo más grande experiencia, paciencia y una mirada distinta sobre la gente y sobre mí misma.
Este es mi día a día como conductora.
No siempre extraordinario, pero nunca exactamente igual.