
Eran las 3:15 de la madrugada, del sábado en Bogotá, ya saben la fiesta en Bogotá estaba dando sus últimos pasos de baile, Mi zona de espera, estratégicamente cerca de la Zona G y el circuito de bares de Chapinero, prometía un último viaje pa sacarme unas Luquitas antes de guardar el carro. Sonó la notificación: dos pasajeros, destino al norte, cerca de la Calle 145. Un buen viaje , perfecto.
Al llegar al punto, lo primero que noté fue la diferencia entre mis dos clientes. Uno de los tipos era el ‘tutor’ de la noche: ojos algo cansados pero firmes, El otro, “jinchooo”, era el ‘motivo’ del viaje. Estaba más allá de la embriaguez social, balbuceando una canción mientras el otro lo guiaba con una mano firme hacia el asiento trasero.
El tipo mas consciente “Disculpe, hermano,” , abriendo la puerta. “Mi amigo está un poquito borracho. ¿Nos podría ayudar?”
Claro, es parte del trabajo. Puse el radio en música suave, encendí el aire acondicionado al máximo para combatir el olor a licor y empecé el recorrido. Los primeros diez minutos fueron tranquilos, yo miraba seguido por el espejo para ver el estado de este man , por que me tenia inquieto la verdad que en cualquier momento devolviera atenciones , yo trataba de manejar lo mas abuelo posible , ya saben sin frenar brusco o dar vueltas de forma brusca para que este no le diera mareo,
Y de pronto …El Desastre Inevitable
Todo iba normal hasta que giramos, De repente, el borrachito se inclinó. No fue un aviso, fue una explosión.
“¡Paaaaare, pare! ¡Por favor,!” gritó el otro, pero ya era tarde.
Un chorro espeso y ácido se estrelló contra el espaldar del asiento del conductor y el centro de la silla trasera. El olor invadió la cabina . Frené en la berma de inmediato, el corazón latiéndome con furia.
“¡No puede ser!” solté golpeando el manubrio, más como un lamento que un regaño.
Don borracho, aliviado, se desplomó contra la ventana. El otro, horrorizado, solo pudo mirarme. La cara de pena era genuina.
Abrí la puerta y salí a tomar aire. La escena era un desastre de fluidos y migas. La madrugada agria, literalmente.
“Mire, jefe, le juro que lo lamento muchísimo,” me dice el amigo del borracho, sacando su billetera. “Sé que esto es horrible.”
Aguantando el mal genio trate de ser profesional y directo. Aquí es donde la calma y pagan la cuenta.
“Parce, entiendo. Pero vea el carro. No puedo trabajar más hoy. Necesito una lavada especializada que no baja de $100.000 pesos en un lavadero 24 horas. La aplicación me va a dar un soporte, sí, pero eso tarda días en llegar. ¿Podemos cuadrar algo justo?”
EL man no dudó. Estaba avergonzado y consciente de la gravedad.
“Tiene toda la razón. Tome, le doy $120.000. Con eso paga el lavado, las toallas que use y lo que resta del viaje.”
Acepté. Era un monto justo y, lo más importante, era dinero en mano. Me entregó el efectivo, me pidió disculpas cinco veces más y me ayudó a sacar a su amigo, ese man estaba privado. Bueno total , con la pena los deje, cerca tenían una tiendita esas de barrio donde cierran tarde se metieron allá, y yo , hasta luego.
El Reporte a la Aplicación
Lo primero que hice, antes de arrancar al lavadero más cercano, fue documentar todo.
- Tomé fotos claras del asiento, el piso y la puerta (con fecha y hora visibles).
- Finalicé el viaje como de costumbre.
- Abrí el apartado de Soporte en la aplicación y busqué “Problemas con el pasajero” o “Daños al vehículo”.
- Describí el incidente con detalle, y enfaticé que el costo total de la limpieza era un monto considerable y que había perdido el resto de la noche de trabajo.
- Adjunté las fotos.
La Respuesta de la Aplicación :
Al mediodía, recibí el correo de la aplicación. Era la respuesta que siempre esperan los conductores: un mensaje automático, pero con una cifra clara.
“Apreciado conductor, lamentamos profundamente el inconveniente con su vehículo. Hemos revisado la evidencia fotográfica y entendemos el daño. Hemos aplicado un cargo de limpieza al usuario de $80.000 pesos y este monto será depositado en su cuenta en un plazo de 24 a 48 horas.”
La Reflexión
Al final, ¿qué pasó? Recibí $120.000 pesos en efectivo (la “propina”) y $80.000 pesos de la aplicación (el “reembolso oficial”). Un total de $200.000 pesos. El lavado me costó $100.000, y me quedaron $100.000 libres.
Fue una madrugada agria, sí. El olor persistió por horas. Pero la lección fue clara: calma, documentación inmediata y una negociación justa y transparente con el pasajero consciente salvan el día. Y siempre, siempre, tengan un rollo de papel de cocina y bolsas de basura a mano. Nunca se sabe.
Sds parceros!